Valencia, 1º 7bre. 1840
En el momento de subir a la diligencia p[ar]a restituirme al seno de mi fam[ili]a tomo la pluma con el objeto de enterar a VV. Del estado de los negocios públicos.
El ministro Cabello renovó aquí las conferencias sobre programa y tuvieron el mismo resultado que las de d[o]n Antonio González. Hubo, pues, dimisión y quedó solo Armero. A pocos días nombraron p[ar]a Guerra al general Azpiroz, hombre muy honrado, de pocos alcances y que se ignora a qué filas pertenece.
Siguieron varias combinaciones y, al fin, ha majado una que es el colmo del ridículo.
Cortázar, furibundo: Grancia y Just[ici]a.
Arteta, id. Ingeniero: gob[ernaci]ón.
Secades: Hacienda.
Armero, furibundo: Marina
Izayas, malo: Estado.
Azpiroz, dudoso: Guerra.
Convencidos de que los pueblos rechazan la ley de ayuntamientos oy, no teniendo confianza ni aún en estas tropas p[ar]a dar un golpe de estado, han discurrido un medio p[ar]a salir del paso y es presentar de nuevo a las cortes (las mismas, por supuesto) la ley indicada p[ar]a que la reformen. Pero ¿qué dirá la mayoría que tan ufana se mostraba por la perfección de su obra? ¿Y quedarán satisfechos los deseos de los pueblos y del ejército con esta mezquina y forzada concesión?
Las tropas de Guardia R[ea]l, que vinieron de Barcelona, no se han detenido aquí y han seguido p[ar]a Madrid. Dicen que León está nombrado capitán g[ene]ral de Castilla la Nueva y, S[u] M[ajestad], descontenta de la frialdad valenciana, emprende en viage en esta semana.
No hay que desmayar, amigo mío, mientras los pueblos conserven la actitud imponente que han tomado, mientras el duque de la Victoria y su valiente ejército apoyen al partido constitucional, la libertad está asegurada en n[ues]tro desgranado país.
Repito a V. que en Ocaña tiene un amigo sincero en su aff[ectísi]mo q[ue] s[u] m[ano] b[esa],
J[osé] de H[uelbes]
[P.D.]: Esp[resione]s a su s[eño]r padre y a los amigos todos. Mi herm[an]o llegó ayer a ésta.